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Palabras del Hno. Roberto

14/Apr/2018

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ESTIMADOS PROFESORES 
PERSONAL DEL COLEGIO
QUERIDOS ALUMNOS
COMUNIDAD EDUCATIVA DEL SAGRADO
AMIGOS…

Hace exactamente 50 años inicié mi actividad profesional en la educación, en el colegio Sagrado Corazón de Montevideo (Uruguay). Era en un primer grado de primaria y con unos 50 chicos, sólo varones, como se estilaba en aquellos tiempos. Y hoy termino esta actividad en el Sagrado de Venado Tuerto, que tanto quiero.

Como dije en una oportunidad, Dios me regaló la posibilidad de complementar mi vocación de Hermano con la hermosa profesión de maestro. Y dije también, que no concebía mi vida de Hermano sin ser maestro y que no podría ser maestro sin ser Hermano. No saben lo feliz que me hizo en la vida esta combinación, por lo cual estoy agradecido a Jesús que es el Maestro y en cuyo rostro traté –y trato- de contemplarme para aprender.

He intentado discernir lo que Él quería para mí, a imitación de la Virgen María. No siempre ha sido fácil. Ha habido contratiempos, dificultades, infidelidades, pero también mucha gracia, paciencia y misericordia de parte de Él, por lo que me ha sido posible mantenerme en su camino, a veces maltrecho, a veces inmerecidamente gozoso, pero siempre feliz.

Mirando hacia atrás, estoy convencido de que en la vida sólo se trata de aportar lo mejor de cada uno, para optar y seguir el camino que Dios nos reservó. Confiar en Dios, a pesar de las dificultades y de mí mismo, es lo mejor que me ha pasado. Es como descansar en los brazos de nuestro padre en nuestra primera infancia: nada te turbe, nada te espante, quien a Dios tiene, nada le falta.

Y Dios es tan PADRE-MADRE que pone a tu alrededor lo que necesitás para disfrutar de la vida, de las cosas, de la gente, de la naturaleza, de las actividades… de todo. La vida es un regalo de Dios que me entregó a partir del amor de mis padres. Y ellos supieron qué hacer con ese regalo: me permitieron entrar al seminario a pesar de que, al principio, no lo entendían mucho. Dos cosas recuerdo particularmente de mi viejo. Cuando se enteró que en mi futuro estaba la profesión de maestro me dijo: “A mí me hubiera gustado ser maestro, porque tenés la oportunidad de enseñar a vivir evitando los errores y disfrutar inteligentemente de las cosas”. Y la segunda, que mencionaba cada vez que le cuestionaban su autorización para mi ingreso al seminario, era decir: “Él es libre, si quiere volver, aquí estamos, aquí lo esperamos”. Agradezco a mi primera familia por permitirme ser feliz a partir de su generosidad y de aquella dura separación.

Pero, además, el Corazón de Jesús me regaló otra familia: la corazonista y que ha completado el verdadero sentido a mi profesión docente, cerrando así el circuito de mi fortuna. Una vez, y no hace mucho, uno de mis hermanos de sangre me dijo: “Vos perseveraste porque los Hermanos te aguantaron”. Y lo dijo convencido el atorrante. Yo suelo ser pensante y eso me hizo pensar mucho, y llegué a la conclusión de que era verdad. Pero cambiaría la palabra por la expresión joven mucho más alentadora y que admiro en ustedes, queridos chicos, y es que los Hermanos “me hicieron el aguante”. ¡Y aquí estoy!

¿Qué significó para mí la vida de Hermano corazonista? Entre otras cosas, y para ir terminando, siempre he estado rodeado de Hermanos que me cuidaron, que me mimaron, que me animaron, me enseñaron, y han sido testimonio permanente de consagración a Dios y a la evangelización escolar, construyendo ciudadanía. Y también me posibilitó formar parte de comunidades educativas que me proporcionaron trabajo alegre, contención atenta, delicadezas sinnúmero, y una incalculable cantidad de amigos docentes, alumnos, padres, autoridades, etc.

Alabo a mi Dios quien, a pesar de su grandeza y tal vez por eso mismo, se fijó en mí, en su no tan humilde servidor, para darlo a conocer con mis pobres cualidades, haciendo propias y confirmando cada vez más en mi vida, la expresión evangélica del bautismo de Jesús: “Este es mi Hijo muy amado en el que he puesto mi predilección”.

Le doy gracias por haberme permitido vivir como he vivido, con los que he vivido, con los que me han enseñado a vivir y por compartir mi vida principalmente con ustedes y con tantos niños y jóvenes que me han enriquecido permitiéndome entrar en sus vidas desde la cercanía y el afecto. La verdad es que los quiero, siempre los he querido.

Le pido perdón a Él, y en ustedes a todas las comunidades educativas por las que he pasado, y también a mis Hermanos de congregación –presentes y ausentes, vivos y difuntos-, y a todos aquellos a los que de alguna manera he ofendido, maltratado o dado mal ejemplo, o no tenido lo suficientemente en cuenta…

En mi afán pedigüeño, le pido a Dios que proteja, acompañe y bendiga a mis sucesores en la animación del Sagrado: Alberto y Vilma. Es una gran responsabilidad. Es un legado con brillante historia. De comienzos difíciles y de actualidades desafiantes. Nuestro estilo de educar –herencia del Padre Andrés Coindre y del Hno. Policarpo-, se basa en la Santísima Trinidad. Así como el Padre nos creó y nos confió la naturaleza, la educación corazonista se basa en una pedagogía de la confianza, confiamos los unos en los otros. Así como el Hijo, Jesús, nos redimió, la educación corazonista, basada en la espiritualidad de su Corazón, promueve una educación en el amor para rescatar y posibilitar la superación de cada persona hacia la perfección. Así como el Espíritu Santo es animador de comunidades, la educación corazonista se compromete en la construcción de comunidades en comunión; con un estilo sencillo, cercano, amable, es decir fraterno. Supuesta la asistencia de nuestro Patrono -el Corazón de Jesús-, sólo hace falta que nos comprometamos en la tarea con lo mejor de cada uno de nosotros, para el servicio de los más necesitados.

Personalmente, le pido al Señor, me siga dando la posibilidad de servirlo donde Él quiera, como Él quiera, pero siempre de su mano y en compañía de la oración y el recuerdo de todos ustedes. 

Para terminar, y parafraseando el pasaje evangélico del encuentro entre Jesús y las hermanas de Lázaro Marta y María, digo con el corazón rebosante de gratitud y un dejo de nostalgia: ¡Gracias, gracias, mil gracias, Señor, por permitirme elegir la mejor parte, que nadie podrá arrebatarme!

 



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